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Convirtiéndome en un hombre casado en otro mundo
Soje
Capítulo 50
Capítulo 50: Una mujer aventurera.
Lizzie estrechó contra su pecho la bolsa de dinero que sostenía.
Subió las estrechas escaleras de madera y avanzó por el largo pasillo.
La habitación a la que la dueña los guió se ubicaba al fondo. Entre los cuartos que disponían de dos camas, este era el que contaba con la mejor iluminación; la mujer mencionó que era idóneo debido a que traían a una niña.
Al abrir la puerta e ingresar, observó dos camas adosadas a las paredes de ambos lados. A pesar de ser de día, la habitación se notaba un tanto lúgubre.
En la esquina de la pared, figuraba una pequeña repisa de madera instalada; parecía un sitio destinado a colocar los objetos personales.
Directamente al frente, se ubicaba una ventana pequeña con postigos de madera. El ventanal era reducido, pero estaba posicionado de tal modo que recibía la luz directa del sol. Más allá de la ventana de madera abierta, se alcanzaba a divisar un campanario a la distancia.
Manifestó la dueña, de pie en la entrada.
La puerta podía asegurarse mediante una barra de madera. Dicha barra, empleada como traba, se encontraba sujeta a la puerta con una cuerda.
La posadera pronunció aquello y le dio unas palmadas en el hombro a Lizzie.
La dueña parecía asumir que Lizzie y Dorothy se alojarían solas en la posada.
Lizzie sacudió la cabeza.
De pronto, se preguntó si en verdad ese sería el caso; aún no había escuchado nada al respecto. Cuando alzó la vista hacia Joo-hwan, su esposo sonrió y miró a la posadera.
Cuando su esposo se expresó con tal fluidez, la dueña se mostró sorprendida.
Le respondió Joo-hwan a la mujer.
Lizzie le extendió la bolsa de dinero que sostenía a Joo-hwan, pero él no la tomó. Ante la mirada desconcertada de Lizzie, Joo-hwan sonrió:
Como indicándole que ella misma debía entregar el dinero, Joo-hwan miró de reojo la bolsa y a la posadera.
Realmente voy a hacer esto. A partir de ahora, seré yo quien pague en cada sitio al que vayamos.
El simple hecho de pensarlo la hizo experimentar una sensación extraña. Podría no parecer un asunto mayor para los demás, pero entregar una suma tan grande por cuenta propia era algo que jamás había realizado en su vida.
Lizzie desató la cuerda de la bolsa y extrajo una moneda de plata. Desembolsar una cantidad tan considerable de golpe hizo que su corazón latiera con fuerza; los dedos con los que sujetaba la moneda de plata se sentían increíblemente pesados.
Extendió la mano con vacilación.
Hasta que la pieza desapareció en el bolsillo delantero de la dueña, Lizzie no pudo apartar los ojos de la moneda de plata.
La dueña soltó una carcajada estrepitosa y abandonó la habitación. Al lado de la figura de la posadera, se apreciaba el rostro de Joo-hwan, quien reía en silencio. ¿De verdad lucía tan extraña?
Cuando la puerta se cerró, el cuarto quedó sumido rápidamente en el silencio. Incluso Dorothy, quien siempre se mostraba ruidosa, permanecía callada, tal vez debido a que la habitación le resultaba ajena.
Tras atar la cuerda de la bolsa una vez más, Lizzie inspeccionó el cuarto de nueva cuenta.
***
Era una habitación pequeña, apenas con el espacio suficiente para albergar las dos camas. El pasillo entre ambas apenas bastaba para que una persona transitara.
Este cuarto cuesta una rina por dos días.
Súbitamente, el dinero le pareció un desperdicio otra vez. Sin embargo... Lizzie examinó las camas, el suelo y la habitación minuciosamente.
Se notaba vieja, pero se encontraba bien aseada; no presentaba ningún aroma extraño ni suciedad alguna.
La última vez que visitó esta aldea, Lizzie era una novia que iba a ser vendida.
En aquella ocasión, no se hospedó en una posada; pasó la noche en un alojamiento de mala muerte donde numerosas personas dormían amontonadas. Se trataba de un sitio sucio y maloliente.
Solo recibía una comida al día: un tazón de estofado frío. El estofado consistía en lo que el comerciante había dejado, diluido con agua, y se lo entregaban como su alimento.
No se encontraba habituada a consumir buena comida, pero el comportamiento del comerciante le provocó a Lizzie un profundo sentimiento de vergüenza.
Abandonó la aldea sintiéndose tan desdichada que jamás deseó evocar aquello nuevamente.
En comparación con ese entonces, su situación había dado un giro extraordinario.
Experimentaba una sensación verdaderamente extraña.
Joo-hwan la rodeó por los hombros:
Parecía considerar que este cuarto era modesto.
Lizzie sacudió la cabeza y, en voz baja, le relató un poco sobre su previa visita a esta aldea.
Expresó que su situación era diferente ahora, por lo que se sentía un tanto ajena y sorprendida, pero que le agradaba esta habitación. El rostro de Joo-hwan se contrajo levemente.
Se notaba muy enfadado; el brazo de Joo-hwan se tensó alrededor de ella.
Dorothy, quien había estado explorando el cuarto, corrió hacia la ventana con un rítmico golpeteo de sus pasos.
Para resguardarse del frío, la mayoría de las edificaciones contaban con ventanas pequeñas; este lugar no era la excepción.
Subiéndose a la cama para mirar más allá del pequeño ventanal, Dorothy habló con curiosidad.
No había ningún campanario en la aldea donde residía Dorothy; la niña probablemente contemplaba uno por primera vez.
Explicó Lizzie, y Dorothy ladeó la cabeza.
Es verdad, Dorothy jamás había visto una campana, por lo que desconocía lo que era. La niña, al haber vivido apartada en una cabaña en la montaña, no había tenido la oportunidad de conocerlas.
Mientras Lizzie le detallaba que se trataba de un objeto que anunciaba las horas, din, don, la campana comenzó a repicar desde el campanario. Dorothy miró hacia allá y exclamó.
El sonido de la campana le pareció fascinante. Dorothy se colocó las manos en las orejas y escuchó en silencio el tañido.
Al observar a la pequeña, el corazón de Lizzie comenzó a palpitar con fuerza; constatar el asombro de la niña ante algo novedoso se entrelazó con su propia imagen, sintió como si ella misma se hubiera transformado en Dorothy.
Finalmente lo sintió real.
***
Cambió. Su vida había dado un vuelco absoluto ahora.
Lizzie colocó su mano sobre su pecho palpitante; su corazón se encontraba acelerado.
Dijo Joo-hwan.
Lizzie abrió la boca para responder, pero la voz no salía; tenía un nudo en la garganta.
Hasta ese momento, ella había sido una de tantas mujeres en la granja. Desde el amanecer hasta la noche, acarreaba agua, laboraba en los campos, atendía al ganado o realizaba labores de costura, tal como lo había hecho su madre. Aquello se prolongaba desde la mañana hasta la noche, y de igual manera al día siguiente, y un mes más después de ese.
Dicha existencia persistía incluso tras el matrimonio; el único cambio radicaba en pasar de ser hija a ser esposa. Al añadirse la crianza de los hijos, únicamente se transformaba en una vida más difícil.
Sin embargo, a partir de ahora, la situación era distinta, transitaba por un nuevo sendero. Algo inédito que jamás había experimentado se desplegaba ante sus ojos. Viviría una existencia completamente diferente a la de su madre, sus hermanas y sus parientes.
Se trataba de la primera vez que se hospedaba en una posada y la primera vez que consumía alimentos preparados por alguien más. Asimismo, constituía la primera ocasión en que disponía de tanto dinero; apenas si había visto monedas de plata con anterioridad.
A partir de este momento, experimentaría algo novedoso cada día; las primeras veces continuarían sucediéndose. En lugar de dormir y despertar en la misma casa diariamente, acudiría a nuevos sitios y contemplaría nuevas cosas. Realizaría alguna actividad junto a su esposo cada día.
Deseaba expresarle a Joo-hwan lo asombroso y maravilloso que resultaba aquello, pero él probablemente no lo comprendería aunque se lo explicara.
Lizzie abrazó con fuerza el robusto cuerpo de su esposo.
Joo-hwan le dio unas palmadas en la espalda con torpeza, luciendo ligeramente sorprendido.
Estas palabras no alcanzaban a manifestar plenamente sus sentimientos. Conforme hablaba con toda su gratitud, Joo-hwan permaneció en silencio un instante antes de articular palabra.
Al no comprender el sentido de su pregunta, miró a su esposo hacia arriba. Joo-hwan inquirió de nuevo con semblante serio.
Lo lamentaba, pero ese no era el caso. Conservaba el mismo rostro; la misma cara que lucía un tanto intimidante.
Él pareció avergonzarse de sus propias palabras.
Joo-hwan se cubrió el rostro con las manos y murmuró.
Sus orejas se encontraban completamente coloradas. De algún modo, su esposo lucía adorable.
Lizzie soltó una risita y lo abrazó de nueva cuenta.
Tanto las orejas como el cuello se le tiñeron de rojo.
Realmente le gustaba este hombre.
Lizzie sonrió disimuladamente y murmuró para sí.
***
Sí, eso constituía lo más importante en este momento. Lizzie se apartó de su esposo, juntó las manos y las frotó ligeramente. Muy bien, como la primera labor de la administradora del grupo junto a su esposo, procedamos a elaborar una bolsa de dinero.
*
La comida de la posada resultó deliciosa.
Lizzie y Dorothy abrieron los ojos de par en par tras probar el primer bocado. Después de eso, no pronunciaron palabra; simplemente comieron en silencio.
En cuanto abrían la boca, la cuchara ingresaba, y al abrirse de nuevo, los alimentos se introducían con premura. Jamás se había visto a nadie comer con tanta dedicación; debió de haber estado increíblemente delicioso. Pensaron que verdaderamente requerían ganar mucho dinero.
Al día siguiente, planeaban explorar la aldea, pero Lizzie y Dorothy presentaron una ligera fiebre. La fatiga derivada de haber sido sobresaltadas por los duendes y de ser expulsadas de la aldea parecía estar pasándoles factura; el trayecto en la traqueteante carreta también debió de haber influido.
Les aplicó un hechizo de curación para disminuir la fiebre, pero pasaron todo el día holgazaneando en la posada.
Incluso sin la fiebre, sus rostros lucían tan colorados como melocotones.
Hasta que los semblantes de Lizzie y Dorothy tornaron a ser blancos de nuevo, se mantuvieron constantemente preocupados, aun cuando no lo demostraran.
Asimismo, le infundían magia al conejo de cuerno, Oz, todos los días, tal como siempre lo habían hecho.
Por extraño que pareciera, a pesar de que las heridas de Oz habían sanado, este continuaba mendigándole magia a Joo-hwan. Si no se la proporcionaba, Oz le mordía los dedos o le mordisqueaba el cabello; resultaba tan fastidioso que no le quedaba otra opción más que ceder.
Cuando le otorgaba magia, la piel en el interior de su frente solía emitir un tenue resplandor en ocasiones.
Oz mendigaba la magia una vez que Lizzie y Dorothy se habían quedado dormidas, por lo que ellas jamás habían presenciado la luz; se sorprenderían cuando la vieran más adelante. De algún modo, se sentía como un niño travieso y él anhelaba que llegara ese día un poco.
*
El día en que debían acudir al gremio, Joo-hwan abandonó la posada un poco antes. La cita estaba pactada alrededor del mediodía, pero planeaba ir con algo de anticipación para inspeccionar los alrededores.
El primer día, únicamente había escuchado las charlas de los miembros del gremio y terminó en medio de un altercado sangriento, por lo que no dispuso de tiempo para examinar adecuadamente la oficina del gremio.
Por añadidura, Lizzie y Dorothy se encontraban demasiado entusiasmadas desde la mañana. Debido a que no habían explorado la aldea apropiadamente, sería oportuno echar un vistazo antes de presentarse en el gremio.
Conforme caminaban desde el callejón donde se ubicaba la posada hacia la plaza central, Lizzie miraba a su alrededor como una niña.
Aun así, conservaba la bolsa de dinero atada a la cintura orientada hacia el frente y la sujetaba con firmeza con una mano.
No podía expresarlo en voz alta, pero pensó que lucía como una chica de campo que acababa de arribar a la ciudad.
Dorothy corría de un lado a otro como una pequeña jefa junto a Oz. Cuando un comerciante ambulante acudió a la aldea anterior, ella se había desplazado con timidez únicamente al frente de Joo-hwan y Lizzie, pero en compañía de Oz, parecía sentirse invencible.
La niña desaparecía de la vista en un instante, haciendo que su corazón se acelerara; no obstante, podía mantener la calma porque confiaba en Oz. Por alguna razón, intuía que todo marcharía bien estando Oz presente.
Desde el extremo del callejón, la plaza de la aldea comenzó a divisarse. Había numerosas personas transitando de un lado a otro en el lugar: comerciantes, individuos ataviados como aventureros; se notaba bastante concurrido. La aldea parecía todavía más atestada debido a que su tamaño era sumamente menor en comparación con el de una ciudad.
Dorothy se entusiasmó y salió corriendo en cuanto apareció la amplia plaza. Lizzie le gritó con angustia que fuera despacio, pero fue en vano.
Dorothy, quien se había adelantado y salido a la plaza, regresó corriendo; su rostro se encontraba pálido.
Y por alguna razón, Oz se ubicaba encima de la cabeza de Dorothy; parecía como si la niña tuviera orejas de conejo.
***
¿Eh? Creyó haber escuchado algo extraño. Lizzie también presentaba una expresión de desconcierto.
Dorothy sujetó las manos de Joo-hwan y Lizzie y tiró de ellas.
No lograba descifrar si se debía a que la pequeña se encontraba preocupada o si se trataba de algo asombroso de presenciar.
Ah, parecía que el hecho de que las mujeres golpearan a los hombres le resultaba genial.
Había escuchado un poco por parte de Lizzie sobre cómo creció Dorothy. La pequeña, quien se crió observando a su padre biológico golpear a las mujeres, podría haber pensado que las mujeres eran simplemente seres débiles. Debió de haber sido fascinante presenciar los roles invertidos, con un hombre siendo agredido; un sabor un tanto amargo perduró en su boca.
Conforme fuimos guiados por la niña hacia la plaza, divisamos a tres mujeres literalmente dándole una paliza a un hombre en una esquina.
Todas las mujeres portaban armas blancas. Una le propinaba puñetazos al sujeto, otra le asestaba patadas; la restante...
Murmuró Joo-hwan de manera inconsciente.
La mujer restante golpeaba al individuo con un arma blanca; aunque se encontraba en su vaina, si por accidente impactaba su cabeza, podría costarle la vida.
Las personas a los alrededores intentaban detener a las mujeres, pero ellas parecían sumamente enfadadas. Incluso cuando la gente apartaba al hombre, las mujeres lo perseguían con tenacidad.
Lizzie, quien era guiada por Dorothy, tiró de la mano de la niña; la abrazó con fuerza para evitar que presenciara a las mujeres agrediendo al sujeto.
Dorothy interrumpió su hablar y abrió los ojos aún más de par en par.
Dorothy retiró su mano del agarre de Lizzie y murmuró mientras la miraba.
Mientras Lizzie le detallaba que ese no era el caso, Joo-hwan observaba en silencio a las mujeres y al sujeto. El hombre se encontraba completamente cubierto de sangre, independientemente de lo que hubiera hecho.
El guardián que habíamos visto en la entrada de la aldea hace unos días permanecía frente al individuo, intentando detener a las mujeres; parecía estar persuadiéndolas.
No obstante, nadie intentaba arrestar a las mujeres; algunas personas las criticaban, pero solo se limitaban a hablar. Nadie procuraba contenerlas.
Incluso si reñían o fallecían, ¿acaso la ley no intervenía en las disputas individuales? Por añadidura, había escuchado que los derechos de las mujeres eran reducidos, ¿pero acaso esas mujeres eran diferentes por el hecho de ser aventureras?
Joo-hwan contempló a Dorothy hablar apasionadamente con Lizzie sobre su deseo de convertirse en aventurera.
Si transformarse en aventurera constituía la vía para que una mujer viviera con la mayor libertad...
Joo-hwan colocó su mano sobre la cabeza de Dorothy.
Dorothy sonrió radiante ante las palabras de Joo-hwan.